Llevaba
un tiempo observándolas. Le llamó la atención desde el principio. Ya nadie
solía ir por allí. A ella le gustaba rodearse de soledad para contemplarse como
una partícula más de aquel ambiente. Cerraba los ojos, llenaba de aire sus
pulmones y se sentía flotar entre las copas de los árboles. Esa mañana tuvo que
interrumpir su meditación. Se extrañó de ver a madre e hija en aquel parque tan
solitario.
La
madre miraba a su hija con cara triste. La niña se afanaba con ambas manos para
recoger la arena y hacer montículos. “Cumbres de sueños en tiempos grises”, se
dijo mientras acompañaba el pesar de esos ojos en la distancia. Por unos
momentos, dudó de si acercarse o no. Ganó la partida el hecho de que a esas
alturas de la vida no le importaba tanto una mala reacción. Se levantó, tomó su
bastón y se acercó a ellas.
—Buenos
días, hoy no se pega el sol a los huesos. Llevo un tiempo mirando a su niña. Me
encanta verla tan concentrada en su juego. ¿Le importa que me siente con
vosotras?
La
madre se irguió sorprendida por la solicitud de la anciana pero su cara no
mostraba tensión. Pareció sopesarlo por unos momentos. Se llevó las manos a la
altura de la nuca para recogerse el pelo y la miró a los ojos. Suspiró y la
invitó a sentarse.
—Claro,
puede usted sentarse con nosotras.
—No
me llame de usted, joven.
El
silencio se posó entre ellas. Elida siguió los movimientos de la niña. Ella
seguía jugando sin percatarse de nada. Estaba absorta en su mundo. La arena se
le escurría entre las manos y ella parecía contar los granitos. Hubo un momento
en que su atención se desvió hacia el banco, fue entonces cuando sus ojos se
encontraron con los ojos de Elida. La niña se sorprendió por un momento y
volvió a su juego. Fueron unos escasos segundos, pero a ella le bastó para
sentirlo.
—Su
hija es especial.
—¡Y
tanto! —exclamó la joven madre con el dolor flotando a su alrededor.
Elida
calló. El silencio las envolvió con una densa nube. Los pensamientos se
precipitaron en la mente de la joven. Elida la sentía removerse inquieta en el
banco. Fuera lo que fuese le pinchaba. Después de un tiempo, la madre tomó aire
y empezó a hablar.
—Tenemos
problemas con el cole. Eli no se adapta. Me dicen los maestros que es
hiperactiva, que no atiende, que está siempre en la nubes.
—Claro,
es una soñadora. No es nada malo.
La
mujer se quedó mascando las palabras de Elida. Colgaba de ellas como de un
frágil hilo a punto de romperse. Sentía miedo de darse de bruces con una
realidad que amenazaba con tragárselas a ella y a su hija. Sabía en lo más
profundo de su interior que su hija era especial pero cómo poder defenderla en
un mundo que solo buscaba uniformar almas.
—Ya,
pero los maestros no lo ven igual. Me han hablado de unas pastillas para que
atienda y pueda estar al nivel de su clase.
—¿Y
tú qué piensas?
—Me
da miedo medicarla pero no sé qué puedo hacer. Me siento sola.
—No
lo estás. Me llamo Elida. ¿Cuál es tu nombre?
La
mujer la miró sorprendida. Esa frase, “no estás sola”, le había sonado
auténtica pero demasiado buena para creerla. Se le había quedado prendida del
corazón aunque su razón no quería darle entrada. Había sufrido ya demasiadas
decepciones.
—Me
llamo Amelia.
—Encantada,
tengo que irme pero os dejo una tarjeta de mi librería. Quiero veros por allí.
No lo digo por decirlo. Os estaré esperando.
Amelia
tomó la tarjeta y la miró. Librería de los sueños, leyó. Una sonrisa le nació
en el rostro. Era un sol que brilló radiante en aquella mañana. Un sol que
calentó los huesos y el corazón de Elida. Se despidieron con la promesa de
volver a verse.
@ana.escritora.terapeuta
Capítulo 2. EliCapítulo 6. Ausencias que golpean
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